Emboscada (Diario de Zareba)

El grito lastimero recorría el enrarecido y pestilente aire del Marjal. Era casi de noche y yo regresaba de llevar unos comunicados a los vigías de la torre norte, ya que últimamente estaba habiendo mucho movimiento de tropas entre los minotauros de los pantanos y se sospechaba que podrían llega a intentar algún tipo de ataque relámpago contra nuestras defensas, quizá para robar botín o para tomar prisioneros...

Ya sea debido al cansancio de la larga cabalgada o a una simple curiosidad, caí en la tentación de averiguar el origen del sonido, semejante al gemido de un niño pequeño y me adentré entre los retorcidos árboles. Mis botas hacían un extraño sonido de succión al liberarse del pegajoso barro de los pantanos y pensé que luego me tocaría limpiarlas a fondo antes de irme a dormir. Y fue esa distracción la que me libró de caer en las garras de la más extraña criatura que haya visto hasta la fecha.

Era una masa bamboleante de barro y plantas, en la que brillaban dos ojos redondos y carentes de emociones. La cosa tenía dos garras enormes, nudosas como la raíz de un árbol y letales como las zarpas de un oso. Su primer golpe arrancó la corteza del árbol que estaba detrás de mí y me hubiera arrancado la cabeza de no haber estado mirando mis sucias botas. Me rehice como pude y desenvainé mi arma. La hoja silbó en el fétido aire, mientras la criatura trataba de alcanzarme con sus brazos como troncos. Al final, la destreza se impuso sobre la fuerza y logré derrotar al monstruo, que se derrumbó entre los juncos.

Como pude, me arrastré fuera del lodazal y llegué a terreno firme. Del sonido, no había ni rastro. Más tarde, me enteraría por los veteranos de la guardia que había caído en la trampa de un emboscador de los pantanos, una criatura que imita sonidos para atraer a sus presas y devorarlas en las umbrías profundidades de la marisma. Cosas como esta son las que te hacen desear estar a miles de leguas de aquí.

Aprendiz de Paladín


(Carta devuelta al servicio postal de Forjaz por la muerte del mensajero a manos de los osos)

Mi querida niña Zareba:

Me informaron de que estuviste por Forjaz, preguntando acerca de tu pasado familiar. Se que no habrá sido fácil para tí tratar de hallar algo en claro, ya que los enanos somos muy poco dados a hablar del pasado, sobre todo cuando incluye algo tan tenebroso como el tuyo. Tú no tuviste la culpa de nada, de eso puedes estar segura. Todos aquí saben que tus padres adoptivos te cuidaron como a la hija que nunca tuvieron, al más puro estilo de los enanos. Por eso, no debes pensar en tu vida como algo deshonroso, sino como un destino afortunado.

Lamento no haber estado allí para decirte esto de palabra, pero es que me encuentro fuera de la ciudad, en un periodo de mi formación muy especial para mí. Ahora mismo estoy pasando las pruebas para ser paladín de la Luz. Tengo que aprender a apreciar la naturaleza de las cosas yo sólo, a encontrarme a solas conmigo mismo en el recogimiento que inspiran las heladas soledades de Dun Morogh. Mi instructor ha sido muy claro al respecto: debo aprender a defenderme por mí mismo para defender a los demás.

Espero que esta carta llegue pronto a su destino en la fecha prevista, aunque dudo mucho del gnomo al que se la he dado, ya que parecía un poco atolondrado. En cualquier caso, ahora no puedo hacer nada más.

Que tus barbas crezcan lozanas y largas ( es un decir),

Morgrimm Báldrek

Tholaya mata un orco (Diario de Tholaya)

Inspeccionar detenidamente los Humedales puede ser una labor muy frustrante, tal y como he podido constatar. Estaba tranquila recolectando unas plantas para su posterior conservación en un herbario, cuando oí un grito que venía de las cercanas colinas.

Al principio, no supe quíen gritaba, hasta que lo ví. Era un piel verde enorme ¡ y venía hacia mí con evidentes intenciones asesinas ! Recogí mis cosas lo más deprisa que pude y me dispuse a hacerle frente. En el proceso, creo que perdí una hoja de pergamino que se llevó el viento hasta el cercano río. ¡ Un desperdicio más !
Eso sí que no podía consentirlo, así que me enfadé de veras y empecé a recitar el primer conjuro que recordaba, el de la Bola de Fuego. Para entonces, el enorme orco ya casi estaba encima mía y casi, casi, creí que me patearía con sus rodillas sucias. Cerré los ojos y terminé la última sílaba del conjuro. El poder surgió de mis manos y recorrió los escasos pies que nos separaban, envolviendo al orco con una ráfaga de hielo. ¡ Maldita sea ! ¡ Me había confundido de conjuro !

Por suerte para mí, esto me permitió retroceder lo suficiente como para entonar otro hechizo, esta vez de la escuela arcana, al tiempo que una ráfaga de viento hacía volar todos mis papiros elegentemente dispuestos en el suelo. El conjuro terminó justo cuando el piel verde se liberaba del hielo y la criatura acabó envuelta en una destructora oleada de magia en estado puro que me dejó exhausta de cansancio, al tiempo que consumía al orco en medio de chipas de poder elemental.

Cuando todo acabó me senté a descansar. Me temblaban las rodillas, pero no era de cansancio, sino de rabia contenida por el hecho de ver que todo mi trabajo estaba esparcido a lo largo de la orilla del río. El pegamento se había mojado y la tinta se había corrido. ¡ Tanto trabajo para nada!

Cuando me repuse, recogí mis cosas y me marché. Otra vez vuelta a empezar...

Al servicio de Theramore (Diario de Zareba)

He entrado a formar parte de los soldados de apoyo en la frontera de Theramore. No pretendo ingresar en la guardia, ni mucho menos, pero ahora mismo necesitan gente de armas para ayudarles a mantener las fronteras lejos de las zarpas de los orcos...y yo necesito urgentemente el dinero de la paga.

Mi labor consiste, primordialmente, en hacer de enlace entre los diversos puestos de guardia, labor que por otro lado he hecho con anterioridad, así que no tengo ningún problema en desempeñar mi trabajo lo mejor posible. Todo ello, supervisado por la autoridad legal de la Guardia de Theramore, por supuesto, aunque tengo la sensación de que va a ser una supervisión algo laxa. Ya veremos en qué acaba todo esto.

Amigos inesperados (Diario de Zareba)

Llevo ya dos meses en este pegote de barro que se llama el Marjal y empiezo a estar cansada. El paisaje es monótono y la buena compañía, escasa. Por otro lado, este territorio fronterizo es frecuentemente el objetivo de las incursiones de los orcos que, procedentes de Los Baldíos, penetran en esta tierra de nadie para hacer sus pillajes. Llamarlo territorio humano sería casi un chiste, ya que apenas hemos profundizado lo suficiente en los pantanos, inhabitables e insalubres, como para considerarlo como algo nuestro. En cambio, para los pieles verde, esto es más parecido a un hogar, así que juegan con ventaja en esta guerra. Ellos, y los descerebrados siervos de la Plaga, que vagan como carcasas vacías sin recordar que antaño fueron humanos.

También he encontrado amigos inesperados como el caballero Daríus, al cual conocí en su día en la ciudad de Ventormenta, en lo que casi parece una existencia anterior. Se trata de uno de esos Caballeros no-muertos que se han aliado con nuestro reino para luchar contra la Plaga y el Rey Exánime...y para malestar de los paladines de la Luz me temo. Daríus además es especial en muchos sentidos, ya que ni siquiera es del todo humano. Toda su vida es una triste historia, sazonada con amarguras, soledad y heroísmo a partes iguales. Charlamos durante largo rato en aquellas húmedas soledades, cada cual intentando exorcizar sus penas. Fué una charla purificadora, en la que me sentí reconfortada, quizá porque necesitaba desahogarme con alguien después de todo lo que he pasado anteriormente.

Al anochecer, terminamos regresando a la ciudad-fortaleza de Theramore. No hay nada como la cerveza enana para remojar las penas, o al menos, eso dicen. Y si es en buena compañía, pues mejor todavía.

Grumnkko

Dura es la vida del orco. Empujados por las razas autodenominadas civilizadas, nos hemos visto reducidos a sobrevivir en las tierras baldías y secas de Durotar. Pero somos una raza fuerte y nos adaptamos bien a las rudas condiciones de estos parajes desérticos.

He pasado los últimos años en  el Valle de los Retos. Aun recuerdo cuando los humanos llegaron al valle buscando la guerra. Muchos valientes orcos cayeron ese día, pero vencimos a nuestros enemigos y les dimos algo en lo que pensar cuando meditasen en las largas noches del viaje de regreso a sus hogares en sus ridículos barquitos. Al parecer, han regresado a algunas de sus fortalezas en la costa. Que no salgan de allí.

Nuestro caudillo Thrall ha firmado una tregua con los humanos del sur para luchar contra el común enemigo que es la demoniaca Legión Ardiente, pero es una tregua frágil, pues nuestros enemigos son traicioneros y falsos. Antes de lo que creemos, los tambores resonarán de nuevo en los llanos de Durotar y las hachas serán afiladas para enfrentarse a nuestros enemigos una vez más. Ese día, Grumnkko caminará por la senda de la guerra.

Renacer (Diario de Zareba)

Ignoro cuánto tiempo estuve incapacitada en Villa Oscura. Mis anfitriones fueron muy generosos conmigo, mas no quería ser una carga para nadie, así que me marché de allí en cuanto pude sostenerme en un caballo. De este modo, también evitaría preguntas inoportunas por parte de las autoridades locales.

Y me fui lejos, muy lejos, deseando dejar atrás todo aquél horror, toda aquella sombra en mi vida. Tan sólo el mar podría poner la distancia suficiente entre mi ser y la beatitud de la Luz, pues me sentía mancillada, destrozada en mi más profunda esencia. Ignorante o no acerca de la cuestión de si mi sangre estaba contaminada con la maldición del Ferocanis o no, me autoexilié al otro lado del mar, a Theramore.

Recuerdo la brisa del mar azotando mi rostro y la luminosidad del cielo siempre despejado de Kalimdor sobre Theramore el día de mi llegada. Para mi pobre alma, azotada por las dudas y la oscuridad, fue como un bálsamo vivificante, un soplo de aire fresco que sólo podía traer cambios nuevos y una nueva vida. Una nueva oportunidad.